Claudia Asensio
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¿Establecer diálogo o cultivar confianza?




Una búsqueda de Google usando las palabras “diálogo” y “Guatemala” resulta en más de 8.5 millones de resultados. Los resultados más recientes hablan de la “convocatoria al diálogo”, de la “Comisión Presidencial de Diálogo”, del “diálogo para solucionar crisis”, y del “diálogo estructural”.


Pero, ¿qué es diálogo?


Los filósofos clásicos usaban la técnica del diálogo para propósitos retóricos o argumentativos. En literatura, el diálogo es una técnica en la cual los escritores emplean dos más caracteres para conversar entre sí. Puede ayudar en avanzar la trama, revelar los pensamientos o sentimientos de un personaje, o mostrar cómo reaccionan los personajes en un momento preciso. Por lo general, los autores escriben el diálogo con una cuidadosa selección de palabras. Al agregar diálogo a la narrativa, se le da vida a la historia y a los personajes, y se establecen antecedentes sociales y educativos. En general, el diálogo hace que la obra literaria sea más agradable y animada.


Hoy día esperamos que el diálogo, usando una cuidadosa selección de palabras, sirva para ganar argumentos o para establecer acuerdos. No esperamos que sirva para escuchar, entender, simpatizar, compartir, articular, buscar un propósito común o establecer compromisos. Bajo ese paradigma,

entramos al diálogo pensando en “nosotros y ellos”... y “ellos” son una amenaza a nuestra existencia.

En el proceso, dejamos de realmente percatarnos de lo que están diciendo las otras personas, cómo lo están diciendo, y por qué lo están diciendo. Dejamos de estar conscientes del entorno de la persona, su edad, género, nacionalidad, educación, ocupación, cosmovisión y personalidad. Limitamos entonces la fluidez de información, y el resultado es evasividad, abstinencia, y desconfianza entre “nosotros y ellos”.


Sumado a la falsa esperanza de lo que puede lograr el diálogo, vivimos hoy en un ambiente incierto, hostil, prepotente, y en el cual sentimos injusticia e inseguridad. En este ambiente, nuestro cerebro activa su parte primitiva, la amígdala, quien es responsable de percibir emociones, almacenar memorias, y reconocer eventos similares en el futuro. Cuando la amígdala se activa, la parte consciente de nuestro cerebro automáticamente se apaga, eliminando así nuestra capacidad de razonar y tener perspectiva. El resultado es: actúe ya, piense luego. Se libera cortisol, la hormona del estrés. El cortisol contrae el hipocampo, estructura esencial para el aprendizaje y la memoria a largo plazo. Al mismo tiempo que el estrés nos inunda de cortisol, se reduce el nivel de serotonina en el cerebro, lo que puede provocar depresión y agotamiento. Mientras más estrés percibimos, más ansiosos nos volvemos. Con esto,

la habilidad intelectual del cerebro se nubla y se pierde la capacidad de escucha, de simpatía, y de toma consciente de decisiones. Sobre todo, se pierde la capacidad de construir a largo plazo.

Si queremos promover el desarrollo sostenido y construir relaciones de largo plazo, necesitamos tener conversaciones cívicas en las cuales se puedan explorar los asuntos importantes y de interés común.


Para ello, debemos calmar nuestro sistema límbico y trabajar en nuestra capacidad de escucha, en la confianza, el respeto, y en la seguridad de las relaciones.


Y eso, ¿cómo se hace?

Debemos reconocer que existen necesidades más profundas que alimentar nuestro ego o mantener nuestro estatus. Debemos crear un propósito mutuo y comprometernos con él. Debemos recordar que la persona que está frente a nosotros es “igual que yo”.

Esta persona tiene creencias y opiniones, igual que yo. Esta persona tiene esperanzas y vulnerabilidades, igual que yo. Esta persona tiene familia y amigos que ama, igual que yo. Esta persona quiere sentirse respetada y apreciada, igual que yo. Esta persona busca paz y felicidad, igual que yo.

Debemos reemplazar la culpa con la curiosidad.


Debemos cultivar confianza. Para cultivar confianza, empecemos por tener fé en que las demás personas pueden hacer una verdadera diferencia. Démosle certeza a la gente y arrojemos una luz esperanzadora en los procesos. Brindemosle a las personas un mayor sentido de autonomía, siempre y cuando estén dispuestos a cumplir con el propósito y los compromisos establecidos.

Dediquemos tiempo para construir buenas relaciones, fomentando un ambiente de inclusión, y trabajemos para fortalecer un clima de justicia.

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